La investigación “PreserVamos”, liderada por un científico del Instituto de Limnología “Raúl A. Ringuelet” (ILPLA), de la Universidad de La Plata y el CONICET, dio espacio a la colaboración de ciudadanos sin formación académica, pero con intereses ambientales. Con una app especial recolectaron datos a través de la observación de ríos, lagunas, lagos, arroyos, humedales, estuarios y otras fuentes de agua dulce de su zona de residencia, permitiendo el diseño de un “semáforo” que califica con colores distintas ecorregiones del país. En los extremos: los estuarios del Río de la Plata y Bahía Blanca (peor calidad ecológica), y los arroyos de las sierras cordobesas (mejor índice de hábitat), los ríos andinos y lagos patagónicos.
(Agencia CyTA-Leloir).- Si algo parece lejano para la gran mayoría de la gente es la posibilidad de producir conocimiento científico. Todavía hoy, buena parte del imaginario social asocia la ciencia y a quienes la hacen con expertos indescifrables, en cuya tarea resulta virtualmente imposible intervenir. Esto pasa hasta que, por ejemplo, aparece un grupo de investigación que estudia las aguas dulces de un país entero y diseña una app para que la “gente de a pie” aporte información de primera mano que después, estructurada según la metodología científica, produzca data rigurosa. Esta modalidad de trabajo tiene un nombre: ciencia ciudadana.
Y es precisamente lo que hizo Joaquín Cochero, investigador independiente del Instituto de Limnología “Raúl A. Ringuelet” (ILPLA), de la Universidad Nacional de la Plata y el CONICET, junto a un grupo de más de 20 colegas y el aporte de varios miles de personas que, a lo largo y ancho del país, y a pesar de no tener formación científica, recolectaron información sobre cuerpos de agua de varias zonas ecogeográficas.
Los cuatro años de intenso trabajo se reflejan en el artículo “PreserVamos: relevamiento de datos sobre ecosistemas acuáticos en Argentina recolectados mediante monitoreos de ciencia ciudadana”, publicado en la revista Ecology, de la Ecological Society of America (ESA). Allí se puede acceder a un mapa interactivo sobre la salud ecológica de esos cursos de agua.
“Los ecosistemas de aguas dulces están entre los más amenazados del planeta. Pero su monitoreo es un tema poco abordado científicamente. Son aguas de lagos, lagunas, ríos, arroyos, humedales; siempre continentales, no todas potables, pero sí todas no marinas”, definió Cochero a la Agencia CyTA-Leloir. Y añadió: “Se trata de sistemas complejos de preservar, imprescindibles para la vida, que históricamente se desarrolló alrededor de algún curso de agua, pero sobre los que existe mucho desconocimiento, en especial en territorios tan grandes como la Argentina: las investigaciones se ven limitadas por dificultades logísticas, financieras e institucionales”.
Crear nuevas herramientas
Lo interesante e innovador de este trabajo es su enfoque de ciencia ciudadana y, entonces, la participación de personas que no poseen la tecnología que se manejan en laboratorios, destacó Cochero, quien es doctor en Biología y experto universitario en consultoría ambiental por la Universidad de León, en España. “Por eso, el primer desafío fue desarrollar una aplicación digital que nos permitiera obtener la misma calidad de información que logramos con el equipamiento sofisticado, pero con herramientas más accesibles, rudimentarias y sencillas”, detalló el científico, que aclaró que lograron concretarla en parte con un patrocinio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que aportó los fondos que les faltaban.
El grupo encabezado por Cochero diseñó la aplicación digital y fue conectándose con municipios de distintas provincias, participando de notas periodísticas, programas de radio y televisión, visitas a escuelas, conferencias, y hasta una charla TEDx Córdoba del investigador, para difundir la iniciativa y que las personas se contactaran para participar.
La aplicación facilitó enormemente la tarea: mediante GPS permitió identificar los lugares desde donde se hacían las observaciones a la altura de las costas (“nadie se metió dentro del curso de agua”, puntualizó el limnólogo), y luego se respondían preguntas sobre cada ecosistema. El índice de hábitat calculado se fundamentó en índices de hábitat fluvial publicados para el país, respaldado con hasta 25 variables complementarias, así como con una puntuación de precisión que estimó la fiabilidad de la respuesta.
“Eran preguntas que podían responderse mirando el lugar, acercándose al agua, a una piedra. Tampoco era necesario ir a un ambiente natural, no urbano. Mucha gente aprovechó para visitar parques nacionales, pero en La Plata o en la Ciudad de Buenos Aires hay arroyos que cruzan las ciudades. Hubo muchas observaciones de quienes iban a pasear con el mate a orillas de algún curso de agua y registraban si había basura, el color del agua, qué tipo de plantas, si había barcos navegando (que arrojan aceites al agua), usos humanos, murallas, muelles, presencia de fauna silvestre. Nos bridaron datos y fotos también”, precisó.
Ellas piensan más en el ambiente
El equipo científico recibió más de 3.000 observaciones, pero poco más de 1.200 fueron validadas por responder a los parámetros que hacían posible su tratamiento metodológico, la fiabilidad y la posibilidad de comparación de datos. ¿Quiénes participaron más? “Las mujeres –aseguró Cochero-. Siempre son mayoría en iniciativas ambientales; participan, van a los talleres. También hubo niños y hasta personas mayores, con predominio de gente de nivel socio económico medio alto: muchos de Buenos Aires, Córdoba, Neuquén, Río Negro y Junín de los Andes”.
Las sierras cordobesas y sus cursos de agua fueron los ecosistemas mejor preservados, a pesar de que se encuentran en zonas urbanizadas y con alta circulación de turistas. “Calidad ambiental significa que no está contaminado, ni muy degradado; que mantiene su vegetación natural”, aclaró el limnólogo, para quien en Córdoba existe una comunidad muy activa en sus vínculos con los ríos. También obtuvieron buena calificación los ríos de montaña andinos, que se alimentan de los deshielos. Y los lagos patagónicos, bellos y sanos.
En tanto, la calidad de los más de 500 cursos de agua de llanura mostró variaciones importantes. La peor calificación la obtuvo el estuario del Río de la Plata, donde existen mezclas de agua, movimientos y contaminación: fue el sistema más degradado de todos los análisis, seguido por el estuario de Bahía Blanca.
“El Riachuelo y el río Reconquista, que es el segundo más contaminado del mundo, no pertenecen al estuario del Río de la Plata, pero ambos terminan en él y le hacen un aporte grande de contaminación”, dijo el científico.
El relevamiento de todas estas zonas implica una cantidad de recursos y de tiempos inabarcables, pero la información es fundamental para intervenir sobre los problemas. “Esto habla del enorme poder de iniciativas de ciencia ciudadana como esta”, concluyó Cochero.
