La editorial de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA rescató la conferencia que, en 1999, dictó César Milstein en el Aula Magna de esa institución y la convirtió en libro. Allí, el reconocido investigador contó detalles de su descubrimiento, que hoy es la base de una industria que mueve casi 300 mil millones de dólares por año, y trazó el camino de los distintos hitos científicos que antecedieron a su hallazgo. También resaltó la importancia de la actividad científica básica o fundamental.
(Agencia CyTA-Lelooir).- Este 2026 se van a cumplir 40 años del primero de los cerca de 200 anticuerpos monoclonales aprobados desde 1986 por la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA) para su uso en humanos: el muronomab-CD3, indicado para la prevención del rechazo del trasplante de riñón. La efeméride coincide con el lanzamiento del libro “Los anticuerpos monoclonales. La curiosidad como fuente de riqueza” (Ediciones Exactas), que reproduce un discurso que brindó el argentino César Milstein (1927-2002) en diciembre de 1999 en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.
Considerado uno de los “padres” de esas proteínas artificiales que luego revolucionarían el diagnóstico y tratamiento de múltiples enfermedades, Milstein obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1984 por descubrir, junto con su entonces becario, el alemán Georges Köhler, el principio para su producción.
La historia de los anticuerpos monoclonales, cuya génesis fue guiada por la curiosidad por conocer el origen de la especificidad de los anticuerpos y terminó motorizando una industria que ha beneficiado a decenas de millones de pacientes y mueve casi 300 mil millones de dólares por año, es una moraleja oportuna de la importancia de financiar la actividad científica básica o fundamental. Para 2029 se estima que alrededor de 40 anticuerpos monoclonales aprobados habrán alcanzado el estatus de fármacos “blockbuster” o “éxitos de ventas”, dando ganancias anuales por mil millones de dólares.
“Las inversiones en la ciencia básica no son solamente inversiones por la cultura. A la larga, son la base de la riqueza”, explicitaba Milstein. “Los estadounidenses han calculado que las inversiones a nivel nacional en ciencia básica son las que en el pasado han dado los mayores rendimientos en términos de ganancias, independientemente de su valor cultural”.
Milstein sostenía que el motor de la ciencia es la curiosidad (“los científicos les llevamos ventaja a los exploradores, porque cuando creemos haber llegado a la meta anhelada, nos damos cuenta de que lo más interesante es que hemos planteado nuevos problemas para explorar”), pero reconocía que los frutos de ese afán por conocer no se transforman automáticamente en avances prácticos, sino que requieren desarrollos e investigaciones dirigidas a esos fines.
“Lo que es difícil de inculcar entre administradores y gobernantes es que, sin una base sólida capaz de producir avances fundamentales a nivel básico, las posibilidades de avances prácticos son remotas”, insistía.
Tal como explica el discurso que reproduce el flamante libro, Milstein y Köhler recurrieron a un “truco” ingenioso para producir los anticuerpos monoclonales: fusionaron células productoras de anticuerpos únicos (linfocitos) con células de mieloma, un cáncer de la sangre. Los “hibridomas” resultantes retienen las propiedades de la célula normal para producir anticuerpos, pero muestran el crecimiento inmortal característico de las células de mieloma, lo que garantiza una fabricación sostenida. Además de satisfacer “nuestra incesante curiosidad”, esos nuevos conocimientos resultaron ser una “fuente enorme de aplicaciones médicas”, enfatizó Milstein.
En el artículo publicado en 1975 en Nature, donde describen la técnica, ambos científicos vislumbraron su potencial en aplicaciones médicas e industriales, aun cuando el organismo que en Inglaterra tenía la exclusividad para patentar las invenciones de los institutos de investigación dependientes del gobierno declinó hacerlo porque no veía posibilidades inminentes de explotación comercial.
“Sin embargo, el hecho de que la tecnología haya sido desarrollada en Inglaterra dejó una marca indeleble en el desarrollo de la biotecnología en ese país. No es una casualidad que la primera empresa de biotecnología inglesa haya tenido como punto de partida dos productos salidos de nuestros laboratorios y que una buena parte de los progresos posteriores –y que dieron lugar a patentes importantes– tuvieran su origen en mis colaboradores o excolaboradores”, destacó Milstein en su exposición en Exactas.

El segundo libro de Ediciones Exactas está disponible gratis en formato digital en la web. Próximamente, se editará en papel.
A través del ejemplo del desarrollo de la tecnología de los hibridomas y los anticuerpos monoclonales, “Milstein nos demuestra (nuevamente) que no existe esa vieja y falsa dicotomía entre ciencia básica y ciencia aplicada. Su legado y sus enseñanzas deberían constituir una hoja de ruta para los gobernantes de turno y para los funcionarios que tienen la responsabilidad de desarrollar políticas científicas en la Argentina”, subrayan en el prólogo dos investigadores del CONICET que lideran sendos laboratorios en el Instituto de Biología y Medicina Experimental (IBYME): Gabriel Rabinovich, también cofundador de la empresa de base tecnológica Galtec; y Norberto Zwirner, actual director del IBYME.
Por otra parte, para Claudia Pérez Leirós y Rossana Ramhorst, ambas investigadoras principales del CONICET en el Instituto de Química Biológica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (IQUIBICEN) de la UBA, la historia y proyección de los anticuerpos monoclonales en el contexto actual de recortes a las universidades y la ciencia “nos remiten a la fábula de la gallina de los huevos de oro” que escuchaban atentamente en la infancia.
“En ese momento, no podíamos entender la falta de sentido común de ese par de granjeros que mataba a la gallina para sacar el oro. La codicia y la ignorancia son males de nuestro tiempo, tanto como la incapacidad de los gobernantes para comprender que ‘la curiosidad es una fuente de riqueza’, este concepto que Milstein desgranó hace 25 años con convicción y cierto pesar por lo vivido en su etapa como investigador en Argentina”, enfatizan en el segundo de los prólogos.
Coincide con ellas Diana Milstein, investigadora del Programa de Antropología Social del Centro de Investigaciones Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), para quien su tío aprovechó el discurso para enfatizar la relevancia de la ciencia básica para el desarrollo de la ciencia aplicada.
“Lo que en un momento dado parece que no se puede hacer, se vuelve posible cuando nos animamos a desafiar criterios utilitarios, cortoplacistas y economicistas”, señala, en el epílogo del libro. Y añade: “Esos ejemplos también nos alientan a ampliar nuestros horizontes desautorizando con criterio (y sobre todo con mucho conocimiento) mandatos originados en el poder político-económico y la ignorancia”.